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Cuando el fuego encuentra el tiempo: Claude Meylan presenta sus primeras esferas de vidrio fundido

Por primera vez en la historia de la relojería, Claude Meylan lleva el vidrio fundido al corazón mismo de una esfera de reloj. En una nueva colaboración con los maestros vidrieros Frédéric Taddeï y Samuel Taddeï, la marca presenta una colección en la que cada esfera no se imprime, ni se pinta, ni se graba: se forja. Cada pieza es un fragmento único de vidrio llevado al punto álgido de su incandescencia y, acto seguido, congelado en el instante exacto en que el fuego se convierte en forma.

El resultado es una serie de relojes únicos en los que no hay dos esferas iguales, ni podrían llegar a serlo jamás.

Un arte nacido del fuego

El vidrio es un material que se resiste al control. Hay que llevarlo hasta el borde del colapso y atraparlo en el instante preciso, y esa imprevisibilidad es precisamente el sentido de todo. Samuel Taddeï, trabajando desde su taller junto a su padre Frédéric, aporta décadas de maestría vidriera a una disciplina que nunca antes había compartido esfera con la alta relojería.

Cada esfera captura un momento único e irrepetible de vidrio en movimiento: burbujas suspendidas a media subida, vetas minerales que atraviesan la superficie, la luz refractándose de forma distinta con cada ángulo de la muñeca. Allí donde las esferas tradicionales se fabrican según un estándar, estas son acontecimientos: un instante de puro calor, retenido para siempre.

El papel de Claude Meylan fue construir una arquitectura de caja y movimiento a la altura de esa intensidad: una ventana parcial de esfera que deja que el vidrio domine la composición mientras el mecanismo permanece visible y legible, integrado en una caja de acero pulido sobre una fina correa de aligátor.

Cuatro expresiones, un solo lenguaje de fuego

La colección existe actualmente en cuatro colores distintos, cada uno una lectura diferente del vidrio bajo el calor.

Una esfera amarillo radiante, con el vidrio salpicado de finas burbujas y motas minerales.

Cálidos tonos de bronce y oro que se funden entre sí como un fresco vivo.

Rojos de brasa y borgoña profundo que estallan desde un campo de vidrio pálido y burbujeante.

Azules fríos que mutan a través de la profundidad mineral.

El vidrio, como el tiempo, es a la vez frágil y eterno: fijo en su forma y, sin embargo, siempre en movimiento. Cada esfera captura esa tensión en su propio registro.

La artesanía se encuentra con la precisión

Esta colaboración se sitúa en el punto de encuentro de dos disciplinas que rara vez se cruzan: el arte del vidrio y la relojería suiza. Es una propuesta genuinamente artesanal: cada esfera es una obra singular, modelada a mano, lo que significa que cada Claude Meylan Millésime que sale del taller es el único ejemplar de su tipo.

Para los coleccionistas atraídos por piezas con verdadero carácter —relojes que no solo dan la hora, sino que sostienen en la muñeca un instante congelado de la historia en bruto de la materia— esta es una rara oportunidad de poseer algo hecho una sola vez, y solo una.

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